Final De Los Tiempos

viernes, 14 de septiembre de 2012

Homilía Dominical Septiembre 16 de 2012


Homilía Dominical
Septiembre 16 de 2012

Por: Jorge Humberto Peláez Piedrahita, S.J.


Profeta Isaías 50, 5-9
Carta del apóstol Santiago 2, 14-18
Marcos 8, 27-35


En el evangelio de hoy, Jesús indaga sobre las percepciones que sobre Él tienen las multitudes que lo han acompañado en su ministerio, y los apóstoles que han compartido su cercanía:

“¿Quién dice la gente que soy yo? Y ustedes, ¿qué dicen que soy yo?”. Las preguntas de Jesús son muy interesantes porque quiere saber sobre las percepciones que se han formado dos grupos diferentes, las multitudes y sus más cercanos colaboradores.

Cuando hablamos de percepciones, estamos reconociendo que la subjetividad tiene un peso grande en el juicio que se exprese; esto significa que las palabras y acciones de Jesús fueron leídas de manera muy diferente, pues cada uno de los observadores – por llamarlos de alguna manera – vio la realidad a través del filtro de su cultura, de sus convicciones, experiencias previas, etc.

La diversidad de percepciones queda muy bien consignada en la respuesta dada a la primera pregunta de Jesús: “Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías; y otros, que alguno de los profetas”.

A la segunda pregunta (“Ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”), Pedro asume la vocería del grupo: “Tú eres el Mesías”.

Teniendo como telón de fondo estas dos preguntas sobre percepciones que formula Jesús, focalicemos nuestra meditación dominical en la importancia que reviste la formación religiosa y ética que se recibe en la niñez, porque ella marca, de manera indeleble, la orientación religiosa y ética de la vida como adultos.

Cuando hablamos de formación religiosa en el interior de la familia, no pensamos en lecciones teóricas dictadas por los padres, sino en la iniciación en la fe dentro de la vida cotidiana y en la celebración de los acontecimientos familiares. Es la oración sencilla de acción de gracias y de petición; es el acompañamiento del niño para que descubra a Dios-amor que le ha concedido el regalo de la vida y que quiere que sea feliz. Juan Pablo II dice que “para el niño apenas hay distinción entre la madre que reza y la oración; más aún, la oración tiene un valor especial porque reza la madre”.

Educar en la fe es transmitir un mensaje de vida porque se propone al hijo, a través de los hechos sencillos de la vida diaria, los valores que van a trazar la orientación futura cuando llegue a la edad adulta.

Si el niño vive un proceso de socialización en un cuadro de violencia intrafamiliar, en el que la ternura y el respeto son los grandes desconocidos, estas carencias necesariamente impactarán la percepción de Dios y de lo trascendente.

Si el niño está inmerso en un mundo en que los valores éticos no cuentan, y en el que no existen fronteras que separen el bien y el mal, la justicia y la injusticia, lo honesto y lo deshonesto, le quedará muy difícil elaborar unas posturas éticas que le permitan aportar a una convivencia civilizada.

Tomemos, pues, conciencia de las graves responsabilidades que recaen en nosotros los adultos respecto a la iniciación de los niños en la fe y en los valores, la cual no se lleva a cabo mediante discursos sino dando testimonio.

El texto del evangelista Marcos deja constancia de la reacción que suscitó Jesús cuando les anunció los acontecimientos tan duros que tendría que afrontar: Se puso a explicarles que era necesario que el Hijo del hombre padeciera mucho, que fuera rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que fuera entregado a la muerte y resucitara al tercer día. Pedro quiso disuadir a Jesús y trató de modificar su agenda, lo cual le valió una dura reprimenda del Maestro.

¿Qué significa esto para los miembros de la comunidad eclesial? No podemos inventarnos a un Jesús que se ajuste a nuestros intereses y que coexista con nuestra mediocridad. El Jesús que nos testimonian los Evangelios y que la Iglesia anuncia es el Jesús del misterio pascual, que murió en una cruz y a quien el Padre resucitó de entre los muertos y constituyó Señor del universo, cuyo seguimiento pide opciones radicales.

Nuestra meditación dominical, ha partido de las preguntas que hizo Jesús sobre las percepciones que tenían sobre Él las multitudes que lo seguían y sus más inmediatos colaboradores. Las preguntas sobre las percepciones nos hicieron tomar conciencia de la huella imborrable que dejan las primeras experiencias religiosas y éticas que viven los niños en sus hogares. Estas primeras vivencias deben facilitar el descubrimiento del misterio de Cristo en toda su riqueza, sin recortes que pretendan mitigar la radicalidad del compromiso de vida al que nos invita.